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  • La moda de ser facha

    Está de moda ser facha (o al menos decirlo)

    Durante años, declararse “facha” era algo que se hacía en voz baja, entre bromas incómodas o directamente se ocultaba tras eufemismos. Hoy, sin embargo, parece que ya no solo no da vergüenza, sino que incluso otorga identidad, visibilidad y cierta aura de rebeldía. Ser facha está de moda. O, al menos, performarlo.

    No hablamos necesariamente de una ideología profunda ni de una lectura consciente de la historia o de la política, sino de una estética del enfrentamiento. Decirse facha funciona como provocación rápida en redes sociales, como respuesta automática al feminismo, al ecologismo, a la diversidad o a cualquier discurso que suene a consenso progresista. Es una etiqueta simple para un mundo complejo, y eso la hace atractiva.

    En una época marcada por la precariedad, la desconfianza institucional y la saturación informativa, el discurso facha ofrece respuestas fáciles y culpables claros. No exige matices, no pide autocrítica y, sobre todo, permite sentirse parte de algo. Frente a la duda, certeza. Frente a la complejidad, consignas.

    Las redes sociales han amplificado este fenómeno. El algoritmo premia el conflicto, y pocas cosas generan más interacción que una opinión incendiaria. Ser facha, o aparentarlo, se convierte así en una estrategia de visibilidad: más likes, más retuits, más sensación de poder simbólico. No importa tanto tener razón como molestar al otro.

    También hay un componente generacional y cultural. Para algunos, llamarse facha es una forma de ir “a la contra”, de incomodar, de jugar a ser incorrecto en un contexto donde la incorrección se confunde con valentía. El problema es que este juego no es inocente: normaliza discursos que históricamente han excluido, reprimido y violentado.

    Que esté de moda ser facha no significa que de repente haya más ideólogos del autoritarismo. Significa que el clima social permite —y a veces celebra— la simplificación, el desprecio al otro y la nostalgia de órdenes que nunca fueron tan gloriosos como se cuentan. Y eso debería, como mínimo, hacernos pensar.

    Porque las modas pasan. Pero las consecuencias de trivializar ciertas ideas suelen quedarse mucho más tiempo.

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